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Patricia Damiano: Blue moon

18 de agosto de 2017







soy tu guitarra, dijo la biblioteca
voz nada
que
es

Lou juega
si tus colores ausentes
en la nieve y
con
la sombra





En Calamo currente
31 de julio 2015

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Isaías Garde: Ulterioridad

17 de agosto de 2017




aquí el crucificado
sin ulterioridad

el
avatar que niega a sus
testigos

aquí la higuera que se maldice a sí misma

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Santiago Kovadloff: Precisiones



Me gustan las puertas que gimen,
los goznes quejumbrosos,
las tablas del piso que ceden y crujen,
esas letras de hierro devoradas por la herrumbre,
el moho y su verdor, la ruina de lo diáfano.

Nada está a salvo de la vida.
Porque es vida
lo que cava, quiebra y oscurece;
vida la humedad,
los hongos que florecen
en los altos ángulos pasivos;
vida lo que roe, vida lo que hiere,
vida ese aliento ciego y sucio
que se filtra en la madera y la deshace,
en tu piel y la seca,
en el pétalo y lo agota.












En Ruinas de lo diáfano
Buenos Aires, Editorial Grupo Editor Latinoamericano, 2009

Foto original color (s-a): Archivo La Nación





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Santiago Kovadloff: Dos poemas de «Líneas de una mano»

30 de julio de 2017




Externo

Puedo ser a veces pura exterioridad.
De pie en oficinas donde tramito mis cosas
o atento a que me llamen,
con un número en la mano,
en bancos, casas de cambio,
en la cola
de los que adeudan la luz,
no leo, no pienso, no recuerdo,
ni siquiera miro a los que me rodean.

Aprendí a aguardar mi turno
sin buscar amparo en nada.
Nunca estuve en tantos sitios
tan desnudo como ahora;
nunca tan entero en una fila
entregado sin más
a la espera con que espero,
gestos, músculos, sudores solamente,
libre al fin de mí, sin más allá,
externo, desasido,
absorto en esa mansa
inconsistencia del instante.



Poesía, cosecha del indigente

Mirándolos se diría
que todos se han resignado a un invierno sin fin.
Replegados en el “Café de las dos cruces”,
cautivos, poco menos que hechizados,
abren cada tanto pequeños surcos de luz en las ventanas
que la niebla opaca enseguida
y acceden sin aliento a la nieve que no cesa,
a calles solas, marchitas y encharcadas.
Ha llovido, nieva, nada pasa.
Espera, manos muertas, murmullos sin fe.
Una antigua quietud que gotea de un tiempo sin horas.

Aquí en Botafogo, en cambio,
el sol ciega un mar vencido por la dulce indolencia
del verano.
Desde aquí los imagino,
ante un mar que derrama mansedumbre
sobre los cuerpos desnudos y dormidos;
desde la arena encendida, veo a los hombres cautivos
que abren pequeños surcos de luz en las ventanas.

¿Qué quiero, qué no sé?
¿Qué buscan estas simetrías?
¿Qué esconden desplegándose?
¿Adivino, sueño, escucho?
Vivo atrapado en el lenguaje como un oso en una red.
Él dispara zarpazos, yo imágenes sin rumbo.
No encuentro lo que está donde lo busco.









Santiago Kovadloff, Líneas de una mano
Buenos Aires, Editorial Vinciguerra, 2012

Foto original color: Santiago Kovadloff por Rodrigo Mendoza





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Robert Walser: El talento

19 de julio de 2017




Érase una vez un talento que se pasaba días enteros en su habitación, mirando por las ventanas y haciéndose el perezoso.
El talento sabía que era un talento, y este saber absurdo e inútil le daba que pensar todo el día.
Personas de alto rango le habían dicho muchas cosas lisonjeras al pobre y joven talento, y también le habían dado dinero. A la gente rica le gusta a veces, en su noble generosidad, ayudar a un talento, a cambio de lo cual esperan que el señor Gracia de Dios también sea debidamente agradecido y deferente.
Pero nuestro eximio talento no era en absoluto agradecido, cortés ni deferente, sino todo lo contrario, es decir, desfachatado.
Aceptar dinero porque se es un talento, y encima ser desfachatado es, realmente, el colmo de la desfachatez. Querido lector, yo te digo que semejante talento es un monstruo, y te ruego no contribuir nunca, de ningún modo, a promocionarlo.
Nuestro talento hubiera debido frecuentar graciosa y cortésmente la buena sociedad, para entretener a damas y caballeros con su ingenio y su donaire; pero renunciaba con sumo agrado a cumplir tan fatigoso deber y prefería quedarse en casa y disipar su aburrimiento con todo tipo de fantasías egoístas y caprichosas.
¡Miserable y monstruoso tunante! ¡Qué orgullo! ¡Cuánto desamor! ¡Qué falta de modestia tan grande!
Todo el que apoya talentos corre, tarde o temprano, el peligro de tener que poner sobre su mesa un revólver para poder rechazar eventuales agresiones con el arma cargada y el dedo en el gatillo.
Si no me equivoco, un buen día escribió cierto talento la siguiente carta a su benévolo mecenas, hombre de noble corazón:
«Usted sabe que soy un talento y, como tal, necesito ayuda permanente. ¿De dónde saca valor, señor mío, para dejarme en la estacada y, por consiguiente, permitir mi ruina? Creo tener derecho a nuevos pingües anticipos. Pobre de usted, desgraciadísimo, si no me envía en el acto la cantidad necesaria para poder seguir ganduleando. Aunque sé muy bien que no es usted un hombre temerario y, por lo tanto, no se atreverá a permanecer insensible ante mis infames y depredadoras exigencias».
Cartas tan encantadoras como ésta pueden llegarle con el tiempo a todo amable mecenas o benefactor, por eso exclamo en voz alta: a un talento no hay que darle ni regalarle nada.
Nuestro talento se percató sin duda de que algo tendría que hacer, pero prefirió seguir vagando por calles y plazas y no hizo nada.
Un talento reconocido y elogiado hasta la saciedad se convierte con el tiempo en un señor muy comodón.
Por último, impulsado por ciertos remordimientos de conciencia, nuestro talento logró sacudirse de encima, como quien dice, su talentosísima rutina. Se lanzó al mundo, es decir, echó a andar sin rumbo fijo y, una vez alejado de cualquier tipo de apoyo, volvió a ser él mismo.
Y mientras aprendía a olvidar que hubiera alguien obligado a prestarle ayuda, se acostumbró a responsabilizarse otra vez de su vida y actividades.
Lo caracterizaron cierto impulso hacia la probidad y un profundo deseo de ser valiente, y se cree que sólo por eso no llegó a tener un final miserable.

















En Robert Walser. Vida de poeta

Título original: Poetenleben
Robert Walser, 1918
Traducción: Juan José Del Solar 

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Georges Perec: El viaje de invierno (póstumo)

12 de julio de 2017





Transcurría la última semana de agosto de 1939, mientras los rumores de la guerra invadían París, cuando un joven profesor de letras, Vincent Degraël, fue invitado a pasar unos días en los alrededores de Havre, en una propiedad que pertenecía a los parientes de uno de sus colegas, Denis Borrade. En la víspera de su partida, mientras recorría la biblioteca de sus anfitriones en busca de un libro de esos que uno se promete leer después de otras lecturas y que generalmente no se tendrá tiempo más que para hojear en un rincón cerca de la luz, poco antes de ser el cuarto en el bridge, Degraël encontró un delgado volumen titulado El viaje de invierno, cuyo autor, Hugo Vernier, le era absolutamente desconocido; sin embargo, las primeras páginas le causaron tal impresión que apenas tomó un momento para disculparse con su amigo y sus familiares antes de subir a su habitación a leer el libro.
El viaje de invierno era un relato escrito en primera persona, ubicado en una región semi-imaginaria, de cielos pesados, bosques sombríos, suaves colinas y canales divididos por esclusas verdosas que evocaban con insidia los paisajes de Flandres o de Andenne. El libro estaba dividido en dos partes. La primera y más corta relataba de manera sibilina un viaje con características iniciáticas, en el que cada etapa parecía estar marcada por un fracaso, y de una manera en la que el héroe anónimo, un hombre que todo sugería era joven, llegaba a la orilla de un lago ahogado en una bruma espesa: un balsero lo aguardaba para llevarlo a una isla escarpada, en medio se levantaba una construcción alta y tenebrosa; el joven hombre apenas había puesto el pie sobre el estrecho pontón, que era el único medio para llegar a la isla, cuando se apareció una pareja extraña, un anciano y una anciana, ambos envueltos con largas capas negras, parecían haber surgido de la niebla, se colocaron al lado del hombre, lo tomaron por los codos, se acercaron lo más posible a su costado, casi pegados unos a otros, ascendieron por un camino en ruinas, entraron a una morada, subieron una escalera de madera y con esfuerzo llegaron a una recámara. Y así como habían aparecido, inexplicablemente, los ancianos desaparecieron dejando al joven solo en medio de la habitación escasamente amueblada: la cama cubierta con una colcha con flores, una mesa y una olla. El fuego ardía en la chimenea. Sobre la mesa había comida: sopa de habas y guisado de pato. Por la alta ventana de la recámara, el joven hombre observaba la luna llena aparecer entre las nubes, después se sentó a la mesa y comenzó a comer. Y en esta soledad terminó la primera parte.
La segunda, constituía casi cuatro quintas partes del libro. Desde el inicio se notaba que el relato corto que la antecedía no era sino un pretexto anecdótico. Ésta era una confesión larga de un exacerbado lirismo, entremezclado con poemas, de máximas enigmáticas y de un sortilegio blasfemo. Apenas comenzaba a Ieer Vincent Degraël cuando sintió un malestar que le fue imposible definir, y que no hizo más que crecer a medida que pasaba las páginas del libro con una mano que cada vez se tornaba más temblorosa. Era como si las frases que él tenía frente a los ojos se convirtieran repentinamente en familiares, inevitablemente se puso a repetir cualquier palabra, como si la lectura de cada una se viniera a imponer, o más bien a superponer; los recuerdos, al mismo tiempo precisos y fluidos de una frase que era casi idéntica y que ya había leído en otra parte; como si estas palabras más tiernas que las caricias o más pérfidas que los venenos, estas palabras una a una límpidas o herméticas, obscenas o cálidas, deslumbrantes, enigmáticas, que oscilaban sin parar como la aguja enloquecida de una brújula, entre una violencia alucinada y una serenidad fabulosa, esbozaran una configuración indefinida en la cual se creía encontrar en desorden a Germain Nouveau y Tristan Corbière. Villiers y Banville, Rimbaud y Verhaeren, Charles Cros y Leon Bloy.

Vincent Degraël, cuyo interés abarcaba precisamente estos autores —desde hace algunos años preparaba una tesis sobre «la evolución de la poesía francesa desde los parnasianos hasta los simbolistas»—, al principio creyó que había leído el libro por casualidad en una de sus investigaciones, sin embargo, lo más verosímil es que había sido víctima de la ilusión de haberlo leído antes, como si por el simple hecho de tomar un trago de té volviera un momento ocurrido 30 años atrás en Inglaterra; bastaba casi nada, un sonido, un olor, un gesto —puede ser éste un instante de titubeo que lo había marcado antes de sacar el libro del estante, donde se encontraba clasificado entre Verhaeren y Vielé Griffin, o tal vez la ansiedad con la que recorrió las primeras páginas—, puesto que el falso recuerdo de una lectura anterior se anteponía y perturbaba hasta volver imposible la lectura que en ese instante estaba realizando. Pero pronto la sospecha dejó de serlo y Degraël dudó rendirse ante la evidencia: puede ser que la memoria le jugara una broma, tal vez era sólo coincidencia que Vermer pareciera pedirle a Catulle Mendès su «solo el chacal frecuenta sepulcros de piedra», tal vez pudieron tomarse en consideración los encuentros fortuitos, las marcadas influencias, los homenajes voluntarios, las copias inconscientes, la intención de copiar el estilo, el gusto por las citas, las felices coincidencias, tal vez puede considerarse que expresiones como «el vuelo del tiempo», «niebla de invierno», «oscuro horizonte», «grutas profundas», «fuentes vaporosas», «misteriosas luces de inhóspita vegetación»; pertenecen a la mayoría de poetas y que era, por consecuencia, normal encontrarlas tanto en un párrafo de Hugo Vernier como en una estrofa de Jean Moreas, pero era absolutamente imposible no reconocer casi palabra por palabra, al sólo azar de la lectura, un fragmento de Rimbaud: «Vi claramente una mezquita en el lugar de una fábrica, una escuela de tambores hecha por los ángeles» o de Mallarmé: «El invierno lúcido, estación del arte sereno», o la de Lautréamont «Miraba en un espejo esta boca asesina por mi propia voluntad», de Gustave Khan «Deja que termine la canción… mi corazón llora / el humo escala alrededor de la claridad. Solemne / el silencio llega lentamente, causa temor / Los ruidos familiares del vacío personal» o, apenas modificado, el de Verlaine «En el interminable tedio del llano, la nieve brillaba como la arena. El cielo era color cobre. La tierra se deslizaba sin un murmullo», etcétera.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando Degraël terminó la lectura de El viaje de invierno. Había localizado unos treinta fragmentos de otros autores. Seguramente existían otros. El libro de Hugo Vernier parece ser una compilación prodigiosa de poetas de finales del siglo XIX, un centón desmesurado, un mosaico en el cual cada pieza era obra de otra. No obstante, en el momento en que se esforzaba por imaginar a este autor desconocido que había querido tomar de los libros de otros la materia misma de su texto; cuando él intentaba llegar hasta el fondo de este proyecto insensato y admirable, Degraël sintió nacer en él una sospecha sin sentido: acababa de recordar que cuando tomó el libro del estante, anotó mecánicamente la fecha, movido por ese reflejo propio de un investigador joven que nunca consulta una obra sin revisar los datos bibliográficos. Puede ser que incurriera en un error, creyó leer: 1864. Lo verificó, el corazón le latía precipitado. Había leído bien, lo cual significaba que Vernier había «citado» un verso de Mallarmé con dos años de anticipación, plagiado a Verlaine diez años antes de sus «Breves arias olvidadas», escritos de Gustavo Kahn cerca de un cuarto de siglo antes que él: esto significaba que Lautreamont, Germain Nouveau, Rimbaud, Corbière y otros, no eran más que copistas de un poeta genial y no reconocido, que ¡en una obra única reunió la sustancia misma de lo que sería la influencia de tres o cuatro generaciones de autores!

A menos, evidentemente, que la fecha impresa que aparecía en la obra no fuera la correcta Pero Degraël se negaba a considerar esta hipótesis, su descubrimiento era bellísimo, tan evidente, tan necesario para no ser verdad, ya se imaginaba las consecuencias vertiginosas que esto provocaría: el gran escándalo que habría de constituir la revelación pública de esta «antología premonitoria». La amplitud de las implicaciones, el plantear cuestiones de todo lo que los críticos e historiadores de literatura imperturbablemente profesaron durante años y años. Y su impaciencia era tal que, renunciando definitivamente al sueño, se dirigió a la biblioteca para intentar saber un poco más sobre Vernier y su obra.

No encontró nada. Los diccionarios y compilaciones hallados en la biblioteca de los Borrade ignoraban la existencia de Hugo Vernier. Ni la familia Borrade ni Denis pudieron proporcionarle más información, el libro fue comprado en un bazar, hacía diez años en Honfleur; ellos habían visto el libro sin ponerle gran atención.

Todo el día, con la ayuda de Denis, realizó un examen sistemático de la obra, dispuesto a buscar fragmentos deslumbrantes en decenas de antologías y compilaciones: encontraron alrededor de 350 que pertenecían a cerca de 30 autores, tanto de los más célebres como de los poetas más oscuros de finales de siglo, y algunos escritores de prosa (Léon Bloy, Ernest Hello), quienes parecían haber hecho de El viaje de invierno su biblia, de la cual habían extraído lo mejor: Banville, Richepin, Huysmans, Charles Cros, Léon Valade, junto con Mallarmé y Verlaine y otros caídos en el olvido tales como: Charles de Pomairoles, Hippolyte Vaillant, Maurice Rollinat (el ahijado de George Sand), Laprade, Albert Mérat, Charles Morice o Antony Valabrègue.

Degraël anotó cuidadosamente en su cuaderno la lista de autores y la referencia de sus citas y regresó a París, decidido a continuar al día siguiente sus investigaciones en la Biblioteca Nacional. Sin embargo, los acontecimientos no se lo permitieron. En París una noticia lo esperaba. Se trasladó a Compiègne, sin tener verdaderamente el tiempo de comprender el porqué, de Saint-Jean-de-Luz pasó a España y de ahí a Inglaterra y no regresó a Francia hasta finales de 1945. Durante toda la guerra había llevado su cuaderno con él y milagrosamente logró conservarlo. Evidentemente sus investigaciones no avanzaron mucho, aunque de todas formas había hecho un descubrimiento de gran importancia para el: en el Musco Británico consultó el Catálogo General de la Biblioteca Francesa y la Bibliografía de Francia, con lo que pudo confirmar su formidable hipótesis: El viaje de invierno, de Vernier (Hugo), había sido editado en 1864, en Valencia, en Hermanos Hervé Impresores y Distribuidores, y bajo un depósito legal, como todas las obras publicadas en Francia, fue donado a la Biblioteca Nacional cuyo número de colocación asignado fue: Z 87912.

Nombrado profesor en Beauvais, Vincent Degraël dedicó, a partir de entonces, todos sus ratos libres a El viaje de invierno.

Las amplias investigaciones de los diarios íntimos y la correspondencia de la mayor parte de los poetas de finales del siglo XIX rápidamente lo persuadieron de que Hugo Vernier, en su tiempo, conoció la celebridad que merecía: notas como «hoy recibí una carta de Hugo», o «escribí una larga carta a Hugo», «leí V.H. toda la noche», incluso la célebre «Hugo, solamente Hugo» de Valentín Havercamp, no se referían en absoluto a «Víctor» Hugo, sino a este poeta maldito cuya breve obra había, aparentemente, influido en todos aquellos que la tuvieron en sus manos. Las contradicciones escandalosas que la crítica y la historia literaria jamás habían podido descifrar encontraban una sola explicación lógica, y es evidente, pensando en Hugo Vernier y en quienes debían a su libro El viaje de invierno, que Rimbaud escribió «Yo soy otro» y Lautreamont «La poesía debe ser hecha por todos y no por uno».

Pero más aún, designaba el lugar preponderante que Hugo Vernier debió ocupar en la historia de la literatura francesa a finales del siglo pasado, al menos él estaba dispuesto a proveer pruebas tangibles: aunque no podría nunca poner las manos sobre un ejemplar de El viaje de invierno. El que consultó había sido destruido —al mismo tiempo que la casa de campo— durante los bombardeos en Havre, el ejemplar depositado en la Biblioteca Nacional no se encontraba en el número de colocación que le pertenecía y no fue hasta el término de grandes búsquedas cuando pudo saber que ese libro, en 1926, había sido enviado a un encuadernador que nunca lo recibió. Todas las búsquedas que hizo a decenas y centenas de bibliotecarios, archivistas y librerías se revelaron inútiles, y Degraël pronto se convenció que los 500 ejemplares de la edición fueron voluntariamente destruidos por los mismos que habían sido directamente inspirados.

Sobre la vida de Hugo Vernier, Vincent Degraël no supo nada o casi nada. Una notita inesperada hallada en una oscura Biographie des hommes remarquables de la France du Nord et de la Belgique [Verviers, 1882), registraba su nacimiento en Vimy (Pas-de-Calais) el 3 de septiembre de 1836. No obstante, las actas del estado civil de la municipalidad de Vimy se habían quemado en 1916, al mismo tiempo que sus copias archivadas en la prefectura de Arras. Ningún acta de defunción, aparentemente, jamás fue elaborada.

Durante casi 30 años, Vincent Degraël se esforzó inútilmente por reunir pruebas de la existencia de este poeta y de su obra. Cuando murió, en el hospital psiquiátrico de Verrières, algunos de sus antiguos alumnos emprendieron la clasificación de una inmensa pila de documentos y de manuscritos que dejó: entre ellos figuraba un grueso registro encuadernado en tela negra, el cual llevaba una etiqueta, cuidadosamente caligrafiada, El viaje de invierno: las ocho primeras páginas referían la historia de las vanas búsquedas; las 302 páginas restantes permanecen en blanco.







Título original: Le voyage d'hiver
Esta traducción: Claudia Pacheco
Originalmente en el número 128 del boletín Hachette Informations de marzo-abril del año 1980
Como libro se publicó en 1993 en Paris (Éditions du Seuil)
En español, colección «Voces» de la editorial española Abada Editores, 2004

Foto: Georges Perec, fotografiado en París por Christine Lipinska





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Gerardo Lewin: «Nombre impropio + Tránsito»: 5 provocaciones

29 de junio de 2017





Gerardo Lewin
Foto original color: Ignacio Vázquez

Hulk


Detente al tiempo
le diría,
¿Fuera ésta la tarea
que le debía al mundo?

Ya poco humor me queda:
hirsuto, melancólico, verde
ineptitud que no logro ocultar
gobiérname.
Mohoso discurrir sin verbo.

Puesto que en borras vi
al que vendrá sin tacha,
al que odiará sin mengua:
por su propio poder hastiado siembra
a su paso guerra, la hora de la espada
y espanto y confusión y fin.

¿Es este monstruo incontenido
el nombre del futuro?
Compelidos o huyentes, prosternados,
sólo nos queda anochecer.

Desnuda carne; amabilidad del frío.

Aura, regresa: maltrechas vestes, acaso inexplicables manchas.




Isidoro Cañones contempla las ruinas de Mau Mau


De nada, Cachorra, nos valió creernos
un trazo inmortal en el papel.

Puntual, aquí está el día, el tedio,
la transfiguración de lo que amé
en grácil materia anonadada,
despojo inerte de sacras, magnas francachelas.

Hubo vastos, placenteros océanos,
inexplorados continentes desnudos,
nuestro jolgorio y gloria.

Hubo una guerra y los Cañones
construyeron la patria.

Una vez más, pido la cuenta.
Ya rancia, la manteca cayó.

Lo que tuvo que ser:
dios inclemente
o redentor demonio
me quita
lo bailado.




Cae la ficha


Es más fácil tachar todo
que subirse al viejo taxi y escribir:
“Chofer, lléveme de regreso a aquella tarde”.

Y el mundo queda atrás,
mientras cae una ficha.




Epifanía


Un insistente dios me ha visitado,
promocionando la ablación genital
como método eficaz de adoración.

Es un dios diminuto.
Su cuerpo de mosquito
y su sonrisa desmayada
engañan: siempre me vencerá.

Me obliga a masticar
grandes piedras azules
y ya no puedo hablar.

Y lo peor es que no puedo odiarlo.
Oigo a lo lejos una alarma muda
que me repite somnolienta:
esto pasó hace mucho,
mucho tiempo.




El lamento del viejo hombre lobo


Amor, ya no me encierres esta noche.

Yo, que fui una bestia atroz,
que quise matar gente,
me echaría a tus pies
como un animalito amable.

Licántropo,
podría haberte dicho aullando
que las balas de plata
eran sólo metáforas.
¿lo hubieras comprendido?

Oscurece. No mires este rito:
es un proceso lento y vergonzoso,
es una amnesia deformante
en la que todo duele,
una torcida danza de gruñidos.

Vete. No quiero salpicarte de ruindad.

Yo fui una fuerza libre,
una voracidad para comerme al mundo.
Hoy, miserable, voy robando
bolsitas de eukanuba en el súper

y eso que está en el vaso
son mis dientes.



GL en algún café de Bs. As. (s-a)


Buenos Aires, editorial deacá, 2016
Gerardo Lewin (Buenos Aires, 1955),  poeta, traductor y docente.
En 1982 egresó de la ENAD en la carrera de actuación y cursó estudios
de posgrado en Dirección Teatral en la Universidad de Tel Aviv.
Desde 2007 traduce a poetas hebreos en su blog de_canta_sión
En 2003 publicó Amores Muertos (en El Jabalí)
Participa en la organización del ciclo El Orate y la Musa



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Clara Janés: Nupcial (fragmento)

21 de junio de 2017





Ven a la desaparición
del poema,
al punto central
del círculo del aire.

(…)

Se encierra a sí mismo
el cuarzo cristalino del amor,
en su perfección, mudo.
Oh cantor
del ser mínimo,
en tu no estar
aroma irrevocable.
El camino que se abre
ante nosotros
afirma
lo posible
de la imposibilidad que somos.
Ven a la desaparición del poema,
porque es vana la luz de las antorchas
en la calígine incesante,
en el letargo previo
al nuevo nacimiento.






De «Nupcial»
En Fractales
Valencia, Pre-textos, 2006 (pág. 50)

Incluido en Juan Miguel Domínguez Prieto:
Antología viva y confidente de la inspiración —Los poetas del silencio—
Madrid, adamaRamada ediciones, 2006

Foto original color: Clara Janés, en su casa en Madrid, por Gorka Lejarcegi Vía





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Elías Canetti: Tolstoi, el último antepasado

20 de junio de 2017




La manía de autoacusarse de Tolstoi, presente ya en sus años juveniles, le fue contagiada por Rousseau. Pero sus autoacusaciones se estrellan contra un Yo compacto. Por más que se reproche cuanto quiera, no llega a destruirse. Es una autoacusación que le da importancia, convirtiéndolo en el centro del mundo. Sorprende lo pronto que empezó a escribir la historia de su juventud: con ella comienza su quehacer literario.

No puede oír hablar de un tema nuevo sin querer estipular al punto "normas" que lo rijan. Las leyes, que le es imposible no buscar, constituyen su orgullo; pero en ellas busca al mismo tiempo una estabilidad. La necesita debido a la muerte, con la que tiene que vérselas continuamente y desde muy niño. A los dos años pierde a su madre; a los nueve, a su padre, y muy poco después a su abuela, cuyo cadáver contempla y besa en el ataúd.

Sin embargo, no es precoz. Acumula su obstinación mucho tiempo. Todas sus experiencias se sumergen, inmutables, en sus relatos, novelas y dramas. Son experiencias fuertes, y como nunca se resquebrajan, le confieren cierto aire monumental. Todo ser humano que se conserva así es una especie de monstruo. Los otros se debilitan al escurrirse de ellas.

Tolstoi ve la verdad demasiado como ley y concede a sus propios Diarios una especie de omnipotencia. Mediante la lectura de sus primeros Diarios, que abundan en verdades penosas, pero sobrevaloradas, sobre sí mismo, pretende educar a su mujer, que entonces tiene dieciocho años, y guiarla hacia sus propias leyes, todavía vacilantes. El choque que de esta manera le provoca se hará sentir durante cincuenta años.

Tolstoi es de aquellos que nunca dejan escapar una observación, un pensamiento o una vivencia: todo permanece extrañamente consciente. Es espontáneo en sus antipatías y repulsas; ingenuo en su aferrarse a costumbres e ideas tradicionales. Su fuerza radica en no dejarse persuadir: para llegar a nuevas convicciones necesita experiencias personales intensas. Su práctica de rendirse cuentas según el modelo de Franklin, con la que empieza muy pronto, tendría algo ridículo si todo en ella no se repitiera con una obstinación tan aterradora.

Sin embargo, hay declaraciones suyas, fascinantes, que compensan mucho de lo que nos dice en los Diarios: así, por ejemplo, en una carta a su esposa incorpora totalmente a su existencia la guerra ruso-turca de 1877-1878: "Mientras dure, no podré escribir. Es como si la ciudad ardiera. Uno no sabe qué hacer. Imposible pensar en otra cosa."

La evolución religiosa del Tolstoi tardío se halla bajo el signo de un imperativo inevitable. Lo que él mismo considera una decisión libre de su espíritu está determinado por una equiparación terrible: con Cristo. Pero su alegría, cualquier trabajo en el campo y ese predominio de las actividades manuales en él, tienen muy poco en común con Cristo.

En vez de un Cristo es más bien un hacendado regresivo, un patrón que vuelve a convertirse en campesino. Para reparar todo cuanto los amos han cometido, se sirve de los Evangelios. Cristo es su muleta. Lo que persigue es reconvertirse, a título plenamente personal, en campesino. No le interesa el derecho, sino la existencia del campesino, a la que no podría llegarse a través de la violencia. Pero también le importa ser Obras completas como campesino.

Su familia, que obstaculiza esta transformación, acaba por resultarle molesta. Su esposa se casó con el conde y el escritor; del campesino no quiere saber nada. Lo rodea con sus ocho hijos vivos, que no son, ni de lejos, hijos de un campesino.

Reparte sus propiedades en vida. Quiere deshacerse de ellas, y todas las disputas habituales entre herederos se desarrollan entre la esposa y los hijos, bajo sus propios ojos. Es como si se hubiera propuesto sacar a luz los aspectos más horribles de sus familiares.

La esposa se nombra editora de sus obras. Y consulta al respecto con la viuda de Dostoievski, a la que conoce expresamente con tal motivo. Uno se imagina a estas dos viudas, dos viudas muy hábiles, conversando juntas.

En los últimos años de su vida, Tolstoi acaba siendo desmembrado por dos iniciativas —podría decirse dos negocios—, resultado de lo que él realmente fue durante varios decenios.

Su mujer representa el negocio editorial e intenta obtener el máximo posible con la venta de las Obras completas. Chertkov, el secretario de Tolstoi, representa su fe, la secta o religión recién fundada. Él también es hábil, vela sobre cada declaración de Tolstoi y lo pone en el buen camino. Distribuye en todo el mundo sus panfletos y tratados, a buen precio. Usurpa cualquier frase del fundador que pueda ser útil a la fe y le pide copias del Diario in statu nascendi. Tolstoi le tiene apego a su discípulo predilecto y le permite todo. Se interesa por esta iniciativa, mientras que la de su esposa sólo suele inspirarle un amargo rencor. Sin embargo, ambas empresas tienen vida autónoma y casi no se interesan por él.

Cuando Tolstoi sufre un grave ataque que hace temer un desenlace en los minutos siguientes, su esposa exclama de improviso: "¿Dónde están las llaves?", refiriéndose a las llaves de los manuscritos.

He pasado la noche entera en una especie de embeleso, leyendo la vida de Tolstoi. En su vejez, víctima de sus familiares y discípulos, y objeto de todo lo que él había combatido con mayor empeño, su vida adquiere una importancia no lograda por ninguna de sus obras. Él mismo desgarra al observador, a cualquier observador, pues cada cual descubre, encarnadas en esa vida, convicciones que le resultan fundamentales junto a otras que aborrece profundamente. Todas se hallan articuladas y son reveladas sin miramiento alguno, no se olvidan, regresan continuamente. En él parecen compatibles cosas que en uno mismo combaten en forma violenta. Sus contradicciones lo hacen sumamente creíble. Es la única figura de edad que puede ser tomada en serio en nuestros tiempos modernos. Como deja que todo se ponga de manifiesto y no puede negarse crítica, sentencia ni ley alguna, parece estar abierto hacia todos los lados, incluso aquellos donde traza sus límites con más severidad.

Para mí es muy doloroso comprobar que un hombre capaz de calar a fondo y rechazar sin piedad el poder (bajo cualquiera de sus formas), la guerra, los tribunales, el gobierno, el dinero; que un hombre de una claridad tan inaudita e incorruptible hiciera una especie de pacto con la muerte, a la que temió mucho tiempo. Dando unos rodeos religiosos se aproxima a la muerte y se engaña tanto tiempo con respecto a ella que al final hasta es capaz de adularla. De esta manera consigue perder la mayor parte de su miedo a la muerte. La acepta con la inteligencia, como si fuera un bien moral. Hace toda clase de esfuerzos por observarla serenamente cuando mueren sus seres más queridos. Su hija Masha, la única tolstoiana adulta de la familia, muere a los treinta y cinco años. Él sigue de cerca su enfermedad y asiste a su muerte y entierro. Lo que anota al respecto lo muestra satisfecho: ha progresado en sus entrenamientos con la muerte, aprueba lo terrible: lo que tuvo que arrancarse violentamente unos años antes, al morir, a los siete años, su hijo predilecto Vanitchka, ahora ya ni le resulta difícil.

Y así, él mismo sigue sobreviviendo y se vuelve cada vez más viejo. No llega a conocer a fondo el proceso de la supervivencia. Se horrorizaría si supiera que la muerte de esos miembros más jóvenes de su familia consolida su conciencia de vivir y, de hecho, prolonga su propia vida. Cierto es que, pensando en Cristo, se augura a sí mismo el destino de un mártir; pero los poderes de este mundo, que él aborrece, se guardan muy bien de tocarlo. Lo máximo que le ocurre es ser excomulgado por la Iglesia. Sus adeptos más fieles son exiliados, pero a él se le permite quedarse en su propiedad y moverse libremente por todas partes. Sigue escribiendo lo que quiere y en algún lugar es publicado: no hay manera de hacerlo enmudecer. Supera incluso las enfermedades más graves.

Lo que el Estado no le hace, se lo hace su propia familia. Es su mujer, no el gobierno, la que instala vigilantes en la propiedad. La lucha a vida o muerte que lo enfrentará con ella no es debida a sus panfletos y llamados, sino más bien al ajuste de cuentas íntimo y cotidiano de Tolstoi consigo mismo: a sus Diarios. Es ella, su mujer, la que, aliada con sus hijos, lo acosa hasta la muerte. Así se venga de la guerra que siempre libró Tolstoi contra su sexo y el dinero; y debe decirse que es justamente el dinero lo que más le importa. Es ella quien, en vez de él, desarrolla esa manía persecutoria que, en principio, hubiera debido surgir en el escritor como consecuencia de su lucha sin cuartel contra enemigos poderosos. Ella hace de él un conjurado, pese a la vejez extrema de Tolstoi y a ser éste el más franco de todos los hombres. Hasta la muerte acuñará él su doctrina, grotescamente encarnada en su secretario Chertkov. Y la ama a un grado tal que su relación con Chertkov asume un carácter homosexual ante los ojos de su demente esposa. Los Diarios relacionados con el período inicial de su matrimonio representan para ella al auténtico Tolstoi. Por eso se adueñó de sus manuscritos, copiándolos meticulosamente. Su paranoia le dice que de Tolstoi no quedarán más que los manuscritos y los Diarios: de éstos debe apropiarse.

Sin embargo, ella odia la ejemplaridad de la vida del escritor, su incesante discusión consigo mismo, en la que ella también está comprometida. Y consigne, con diabólica energía, devastar los últimos años de esa vida. No puede decirse que sea más fuerte que él, pues al final, después de soportar tormentos indecibles, Tolstoi huye. Pero incluso en los últimos días, cuando cree haberse liberado de ella la tiene, secretamente, muy próxima a él: en sus momentos postreros ella le susurrará al oído que todo el tiempo ha estado allí.

He pasado diez días ocupado con la vida de Tolstoi. Ayer murió en Astapovo Y fue sepultado en Yasnaia Poliana.


Una mujer entra en su alcoba de enfermo; él cree que es su hija predilecta, ya difunta, y exclama en voz alta: "¡Masha! ¡Masha!" Así tuvo la alegría de reencontrar a uno de sus muertos; y aun cuando en realidad no fuese ella, el instante engañoso de esa dicha fue uno de los últimos de su vida.

Tolstoi murió con gran dificultad: ¡qué vida tan tenaz! No llegó a reconciliarse con la Iglesia, pues se hallaba rodeado de discípulos que lo protegieron contra los últimos emisarios de ésta.

Su mujer y sus hijos, que con excepción de Serguei: el mayor, eran todos individuos despreciables, se habían instalado en un vagón de lujo en la estación de Astapovo, a inmediata proximidad del moribundo. Éste advirtió que su mujer lo espiaba por la ventana y hubo que instalar una cortina. Se hallaba rodeado por seis médicos, sin duda no muchos, y por más que los despreciara, prefería los cuidados a los de su esposa.

No conozco nada más conmovedor que la vida de este hombre. ¿Qué cosa me subyuga tanto en ella y me mantiene atado hace diez días?

Es una vida completa hasta el último instante; hasta la muerte figura en ella todo cuando pertenece a una vida. En ningún punto ha sido abreviada, defraudada o falsificada. Todas las contradicciones de las que es capaz un hombre encuentran cabida en ella. Y así se presenta ante nosotros, completa, manifiesta en cada uno de sus detalles, pues todo, desde la juventud hasta los últimos días, se halla registrado de alguna manera.

Lo que a menudo me molesta en su obra, cierta sobriedad y buen tino, redunda en beneficio de sus escritos autobiográficos. Su vida tiene una sola tonalidad, resulta creíble, podemos abarcarla con la mirada y sucumbir, de hecho, a la ilusión de que una vida puede ser abarcada de esta forma.

Tal vez no exista ilusión más importante. Pues la teoría de que la vida de un ser humano se halla compuesta por un sinnúmero de detalles que nada tienen que ver unos con otros puede, sin duda, ser defendida, pero se ha extendido demasiado y sus consecuencias no han sido precisamente positivas. Le quita al hombre valor para resistir, toda vez que para ello es necesario sentir que uno permanece igual a sí mismo. Debe haber en el hombre algo de lo cual no se avergüence, algo que verifique y registre las vergüenzas necesarias. Esta parte impenetrable de la naturaleza interior posee una constancia relativa y se deja rastrear muy pronto si nos ponemos a buscarla seriamente. Cuanto más tiempo pueda un hombre perseguir esta constante, cuanto mayor sea el lapso temporal que abarque su actividad, tanto más importante será su vida. Un hombre que haya poseído conscientemente este elemento constante a lo largo de ochenta años, ofrece un espectáculo tan aterrador como necesario. Hace que la creación sea verdadera de un modo nuevo, como si pudiera justificarla mediante una intuición precisa, resistencia y paciencia.

Me he ocupado aquí tan sólo de la vida de Tolstoi y no de sus obras 1. De este modo lo que a veces encuentro aburrido en sus obras no ha logrado desorientarme. Su vida nunca es aburrida, es más bien prodigiosa y, debido a su final, es una vida ejemplar. Su evolución religiosa y moral carecería de valor si no lo hubiera conducido a la terrible situación de sus años tardíos y postreros.

El hecho de que al final huyera y no muriese en casa convirtió en leyenda su propia vida. Pero la época que precedió a su fuga quizás tenga más valor. La oposición de Tolstoi contra todo lo que no le parecía verdadero le granjeó la enemistad de sus seres más próximos: su mujer y sus hijos. Si hubiera abandonado a su mujer en el acto y no se hubiera inquietado por su vida, si le hubiera vuelto la espalda —y motivos no le faltaban para hacerlo— en cuanto la vida se le hizo insoportable a su lado, sería imposible tomarlo en serio. Pero se quedó y, a una edad muy avanzada, decidió arrostrar sus amenazas diabólicas. La paciencia del anciano provocó el estupor de los campesinos que lo rodeaban, y más de uno con los que hablaba llegó incluso a decírselo. La opinión de esa gente no le parecía despreciable: entre todos los hombres le seguían pareciendo los mejores.

En las batallas que tuvo que soportar se convertía, como él mismo escribió, en un objeto, y esto era lo que más lo incomodaba.

No estaba del todo solo. Tenía discípulos fieles, y uno a quien amaba particularmente porque dirigía contra él mismo, contra el maestro, el rigor de su doctrina. Tenía asimismo una hija totalmente entregada a él. Pero es todo esto lo que otorga su evidencia y concreción a los hechos que le conciernen. Todo no se lleva a cabo en él solo. Los demás se hallan incluidos.

Al final, la vida de Tolstoi se desarrolla como en Auto de fe 2: la lucha por el testamento, el continuo hurgar en papeles. Un matrimonio que había empezado en un clima de respeto y comprensión, con la mujer que copiaba repetidas veces, sin tregua, cada página escrita por él, concluye en la guerra más espantosa y en medio de una incomprensión absoluta. En los últimos años, Tolstoi y su mujer se hallan tan distantes entre sí como Kien y Teresa. Pero su tormento es más íntimo, ya que al cabo de varios decenios de convivencia saben más uno del otro. Además, hay hijos de este matrimonio y hay también adeptos del profeta, de modo que el escenario de los hechos no es tan aterradoramente vacío como el apartamento de Kien. En Auto de fe, la representación del conflicto tiene mayor relieve y por eso es tal vez más clara, pero como opera con medios que Tolstoi rechaza, parecerá aún más inverosímil a quienes compartan su visión de la "naturaleza". Incluso en sus momentos más atribulados, él no se hubiera reconocido en Kien sin duda alguna, mientras que probablemente hubiera visto a su mujer encarnada en Teresa.

Ya muy anciano, Tolstoi busca en el tratado de psiquiatría de Korsakov los síntomas de la enfermedad mental de su mujer. Ya debía conocerlos todos con suma exactitud. Pero nunca se interesó realmente por la locura: la había evitado, dejándosela despreciativamente a Dostoievski.

Poco antes de su fuga lee Los hermanos Karamazov, en particular el pasaje sobre el odio de Mitia hacia su padre, sobre odio, en cualquier caso. Lo rechaza, no lo admite; ¿sería posible que su rechazo moral del odio enturbie su visión con respecto a la subyugante representación de la novela dostoievskiana?

De cualquier forma, manda pedir, para la fuga, el segundo tomo de los Karamazov de casa de su hija Sasha.

1971

Notas

1. Debo muchas sugerencias a la biografía de Tolstoi escrita por Troyat, 
que utiliza gran cantidad de material sólo accesible en lengua rusa. 

2. Novela Die Blendung de Canetti (Trad. cast. Auto de fe, Barcelona,  Muchnik Editores, 1980)




En La conciencia de las palabras (1975)
Trad. Juan José del Solar


Foto: Canetti at his desk, London 1950
by Johanna Canetti


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Henri Michaux en «Puntos de referencia»

15 de junio de 2017





En el reverso que parece el anverso, en el corazón de una presa sin empresa, a lo largo de las horas, en la orilla de lo indefinidamente prolongado del espacio y del tiempo, engaña-exteriores, engaña-interiores, engaña-bobos, di ¿qué haces?

¿Qué eres, noche sombría, en el interior de una piedra?


En Puntos de referencia (in fine)
Traducción J. Escobar
Poteaux d'angle, Paris, L'Herne, 1971
















Tomado de Revista Ilustrada de Información Poética
Madrid, N° 10, Invierno 1980-81




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