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Stephane Mallarme: Crisis de verso

7 de mayo de 2013






Un momento ha, tal abandono de gesta, con la modorra que provoca el mal tiempo desesperante tarde tras tarde, dejé caer, otra vez, sin curiosidad alguna, dado que pareciera haberlo leído todo hace ya una pila de años, la estrecha franja de multicolores perlas que trasunta la lluvia, aún, en el tornasoleo de las encuadernaduras de la biblioteca. Muchísima obra, bajo el abalorio de la cortina, alineará su propio centelleo: me gusta, como en el cielo maduro, contra el vidrio, seguir, del temporal, destellos. Nuestra fase, reciente, si no se clausura toma aliento o, tal vez, conciencia: cierta atención libera la creadora y relativamente segura voluntad.

Incluso la prensa, cuya información anhela los años, se ocupa del asunto, repentinamente, con precisa data.

La literatura enfrenta una exquisita crisis, aquí, fundamental.

Quien le otorga a esta función un lugar, o el primero, reconoce, en ello, el dato actual: asístese a, como final de un siglo, y no como lo fuera en el pasado, trastornos; pero, fuera de la plaza pública, a una inquietud de velo en el templo con significativos pliegues y, algo, a su rasgadura.

Un lector francés, interrumpidos sus hábitos a la muerte de Victor Hugo, no puede sino desconcertarse. Hugo, en su misteriosa tarea, rebajó toda la prosa, filosofía, elocuencia, historia, al verso y, como él era el verso en persona, embargó en quien piensa, discurre o narra, el derecho a pronunciarse, casi. Monumento en tal desierto, con el silencio lejos — en una cripta, así, la divinidad de una mejestuosa idea inconsciente, a saber: que la forma llamada verso es, simplemente, ella misma, la literatura; que verso hay tan pronto se acentúa la dicción, ritmo, desde que hay estilo. El verso, creo, esperó respetuosamente que el gigante que lo identificaba a su mano tenaz y siempre más firme de herrero, faltara; para, él, quebrarse. Toda la lengua, ajustada a la métrica, velando sus pausas vitales, se evade, de acuerdo a una disyunción libre de miríadas de elementos simples; y, lo indicaré, no sin cierta similitud con la multiplicidad de voces de una orquestación, que persiste: verbal.

La variación data, de ahí, si bien, por lo bajo y por anticipado, inopinadamente preparada por Verlaine, tan fluido, de vuelta a primitivos deletreos.

Testigo de esta aventura, en la que se me quiso asignar un papel más eficaz, que a nadie conviene, yo dirigía, al menos, mi ferviente interés, y, es tiempo ya de hablar, a distancia preferentemente, tal como ello fuera, anónima, casi.

Concordarán que la poesía francesa, por la primacía encantatoria dada a la rima, en su evolución hasta nosotros se da a calar intermitente: brilla un lapso, lo consume y espera. Extinción, más bien, usura del mostrar la trama, inútil insistencia. La urgencia de poetizar, por oposición a variadas circunstancias, hace, ahora, tras uno de esos orgiásticos excesos periódicos de casi un siglo, comparable al único Renacimiento, o el giro imponiéndose de sombra y enfriamiento, ¡para nada!, que el destello difiera, continuo: el temple, tan a menudo oculto, se ejerce pública‐mente, vía deliciosos masomenos.

Creo poder discriminar, triplemente, el trato otorgado al cánon hierático del verso — gradualmente.

Esa prosodia, reglas tan breves, por lo demás intratable: ella notifica ese acto de prudencia, tal el hemistiquio, y estatuye el menor esfuerzo, para simular la versificación, al modo de los códigos según los cuales abstenerse de hurtar es la condición de rectitud, ejemplar. Justo lo que no importa aprender; como no haberlo adivinado por sí mismo y de entrada, instituye la inutilidad de, ahí, contreñirse.

Los fieles del alejandrino, nuestro hexámetro, aflojan interiormente tal rígido y pueril mecanismo, de su medida; la oreja, quita de un conteo ficticio, experimenta un placer por discernir, sola, todas las combinaciones posibles de, entre ellos, doce timbres. Cálese el gusto bien moderno.

Un caso, de ninguna manera el más curioso, intermedio — el que viene.

El poeta de agudo tacto que considera este alejandrino como la joya definitiva, empero, surgiendo, espada, flor, sólo de vez en cuando y con motivo premedi‐tado, toca tal púdicamente o se la juega en torno a, acuerda vecinos acuerdos, antes de darla soberbia y desnuda: dejando su tiento desfallecer contra la undécima sílaba o propagarse, muy a menudo, a una décimotercera. Regnier sobresale en estos acompañamientos, su invención, sé, discreta y orgullosa como el genio que él instauró, y reveladora de la turbulencia transitoria entre los ejecutantes frente el hereditario instrumento. Otra cosa, o simplemente lo contrario, se deja pispear un vil motín, consciente, en la vacancia del viejo molde agotado, cuando Jules Laforgue, comenzando por el comienzo, nos inició en los encantos ciertos de los versos en falso.

Hasta ahora, o tanto en uno como en el otro de los modelos precitados, nada, sino más bien reserva y abandono, a causa del agotamiento por el abuso de la cadencia nacional — cuyo uso, como el de la bandera, ha de seguir siendo excepcional. Con esta particularidad, con todo, graciosa, que tanto infracciones voluntarias como académicas disonancias apelan a nuestra delicadeza, en el lugar que ocupara, hace quince años apenas, el preceptor, que seguiéramos, exasperado, como ante un cierto sacrílego ignaro. Yo diría que la evocación del verso estricto, su memoria, acosa a estos juegos marginales y les otorga ganancias.

Toda la novedad se instala, con respecto al verso libre, no como el siglo XVII se le atribuyó a la fábula o a la ópera (sólo se trataba de un arreglo, sin la estrofa, de los metros más notorios) sino, llamémosle, como se merece, “polimorfo”: y vislumbremos ahora la disolución del número oficial, en lo deseado, al infinito, en tanto se reitere un placer. Tanto una eufonía fragmentada de acuerdo al asentimiento del lector instuitivo, con una ingenua y preciosa justeza — otrora el Sr. Moréas; o bien un gesto, languideciente, de ensoñadera, sobresaltante, de pasión, que acompasa, el Sr. Vielé‐Griffin; previamente el Sr. Kahn con una harto sabia notación del valor tonal de las palabras. No doy nombres, hay otros típicos, los de los Srs. Charles Morice, Verhaeren, Dujardin, Mockel y todos, sino como pruebas de mis decires — y a fin de remitir a las publicaciones.

Lo destacable es que por primera vez en la historia literaria de pueblo alguno, conjuntamente con los grandes órganos generales y seculares donde se exalta, en consonancia con un teclado latente, la ortodoxia, cualquiera con su juego y su oído, individuales, puede hacerse de un instrumento, dado que respira, lo roza o golpea con ciencia — a usarlo aparte y, también, dedicarlo a la Lengua.

Una alta libertad, ganada, la más nueva: no veo, y sigue siendo mi intensa opinión, ningún borramiento, de nada que haya sido bello en el pasado; sigo estando convencido que en las amplias ocasiones se obedecerá siempre a la tradi‐ción solemne, cuya preponderancia tiene que ver con el genio, clásico: solamente, cuando no haya habido lugar, por una sentimental comilona o por un relato, para molestar a los venerables ecos, lo veremos hacerlo. Toda alma es una melodía, de lo que se trata es de retomarla; y para ello son la flauta o la viola de cada cual.

Brilla tarde una condición cierta o la posibilidad, a mi parecer, no sólo de expresarse, sino también de modularse, a su agrado. 

Imperfectas las lenguas, dado que varias, falta la suprema: siendo pensar escribir sin accesorios, ni susurro sino tácita aún la inmortal palabra, la diversidad, en la tierra, de idiomas, a nadie impide pronunciar los vocablos que, o sino se hallarían, por una cuña única, ella misma materialmente la verdad. Esta prohibición, reina expresamente en la naturaleza (nos empeñamos en ello con una sonrisa), que no valga como razón para considerarse Dios — pero, al momento, vuelto a la estética, mi mollera lamenta que el discurso no logre expresar los objetos por pinceladas correspondiendo en colorido y en cariz, los que existen en el instrumento de la voz, entre las lenguas y, a veces, en alguien. Al lado de sombra, opaca, tenebroso se oscurece poco; qué lata, ante la perversidad que le otorga a jour como a nuit, contradictoriamente, timbre oscuro allí, claro acá. El deseo de un término de brillante esplendor, o de que se extinga, inverso; en cuanto a alternativas luminosas — Solamente, a saber, no existiría el verso: él, filosóficamente remunera, la falta de las lenguas, enteramente superior.

Arcano extraño — y, de no menores intenciones, brilló la métrica en los tiempos incubatorios.

Que un lote de palabras, ante la comprensión de la mirada, se disponga en distintivos trazos, con lo cual: el silencio.

Si, en el caso francés, invención privada no sobrepasa el legado prosódico, el disgusto estallaría, sin embargo, si un cantor no supiese aparte y a merced de pasos en la infinidad de florcillas galantes, en cualquier parte en que su voz encuentra una notación, coger... La tentativa, hace un momento, ocurrió y, salvo indagaciones eruditas aún en tal sentido, acentuación, etc., anunciadas, sólo conozco un juego, atractivo, se despliega con los fragmentos del antiguo verso advertibles, a eludirlo o descubrirlo, antes que un hallazgo súbito, extranjero, entero. El tiempo que afloja la presión, la forzadura, y se repliega el celo, donde desafinó la escuela. Muy preciosamente: pero, de esta liberación, aún por calibrar, o, mejor, que cada individuo aporte una prosodia, nueva, participando con su aliento — también, claro, alguna ortografía —, la broma ríe a todo dar o inspira el tinglado de los prefacieros. Similitud entre los versos, y viejas proporciones, una regularidad perdurará porque el acto poético consiste de pronto en ver que una idea se fracciona en una cantidad de motivos iguales por valor y en agruparlos — riman: por sello externo, su medida común que aparenta el golpe definitivo.

En el tratamiento, tan interesante, para con la versificación acaecido, de des‐canso e interregno, yace, menos que en nuestras vírgenes circunstancias mentales, la crisis.

Oír el indiscutible rayo — como algunas trazas doran y rasgan un meandro de melodías: o la Música converge con el Verso para formar, tras Wagner, la Poesía.

No que tal y tal elemento se aparte, con ventaja, hacia una integridad separada triunfante, en tanto concierto mudo si no articula y el poema, enunciador de su comunidad y temple, claree la instrumentación hasta la evidencia bajo el velo, como la elocución desciende por la tarde de las sonoridades. Lo moderno de los meteoros, la sinfonía, a voluntad o a espaldas del músico, se aproxima al pensa‐miento — el cual no sólo se autoriza de la expresión corriente.

Cierta explosión del Misterio en todos los cielos de su impersonal magni‐ficencia, donde la orquesta no debía influir el esfuerzo antiguo que, durante mucho tiempo, la pretendía traducir por la boca, únicamente, de la raza.

Índice doble consecuente —

Decadente, Mística, las Escuelas se declaran o etiquetan a la rápida en nuestra prensa informativa; adoptan, como lugar de encuentro, el punto de un Idealismo que (análogamente a las fugas, a las sonatas) evita los materiales naturales y, como brutal, que un exacto pensamiento los ordene — para no retener sino lo sugerente. Instituir una relación entre las imágenes exacta, y que de tal se desprenda un tercer aspecto fusible y claro presentado a la adivinación... Abolida, la pretensión, estéticamente un error, pese a que rija las obras maestras, de incluir en el sutil papel del volumen otra cosa que, por ejemplo, el horror del bosque, o el trueno mudo disperso en el follaje — y no la madera intrínsica y densa de los árboles. Algunos arrojos del íntimo orgullo verídicamente publicitados despiertan la arquitectura del palacio, el único habitable — fuera de toda piedra, con que las páginas se cerrarían mal.

“Los monumentos, el mar, el rostro humano, en su plenitud, nativos, conservando una virtud singularmente atrayente tal que no los vela una descripción, evocación, dichas, alusión, sé, sugerencia: esta terminología algo azarosa atestigua la tendencia, una decisiva, harto, tal vez, que experimentara el arte literario, la delimita y la exceptúa. Su sortilegio, el suyo, si no es liberar, fuera de un puñado de polvo o realidad sin cercarla, para el libro, incluso como texto, la dispersión volátil o el espíritu, que nada tiene que ver, salvo, con la musicalidad de todo.” [pasaje de La Musique et les Lettres]

Hablar tiene relación con la realidad de las cosas sólo comercialmente: en literatura, tal se contenta con hacerle una alusión o distraer su calidad que algún día incorporará.

Con esa condición se eleva el canto, no más un gozo aligerado.

Esta perspectiva, la llamo Transposición — Estructura, otra.

La obra pura implica la desaparición elocutoria del poeta, que cede la inicia‐tiva a las palabras, por el contraste de su igualdad, movilizadas; se iluminan con recíprocos reflejos como una virtual estela de fuego sobre preciosas piedras, rem‐plazando la respiración perceptible en el antiguo aliento lírico o la dirección per‐sonal entusiasta de la frase.

Una disposición del libro de verso despunta innata o en todo lugar, elimina el azar; se la requiere aún, para omitir al autor: ahora bien, un sujeto, fatal, implica, entre los fragmentos juntos, tal acuerdo con respecto al lugar, en el volumen, que corresponde. Susceptibilidad dado que la voz posee un eco — motivos del mismo juego se equilibrarán, balanceados, a distancia, ni el sublime incoherente de la paginación romántica ni esa unidad artificial, antiguamente, a la medida, en bloque, del libro. Todo se vuelve suspenso, disposición fragmentaria con alternacia y cara a cara, concurriendo al ritmo total, tal sería el poema callado, en los blancos — únicamente traducido, de un modo, uno, por cada deriva. Instinto, quiero, columbrado para publicaciones y, si tal tipo, no permanece como exclusivo de complementarios, la juventud, por esta vez, en poesía, donde se impone una fulminante y armoniosa plenitud, tartamudeó el mágico concepto de Obra. Cierta simetría, paralelamente, que, de la situación de los versos en la pieza, se liga a la autenticidad de la pieza en el volumen, hurta, además del volumen, inscribiendo a varios, en el espacio espiritual, la rúbrica amplificada del genio, anónimo y perfecto como una existencia de arte.

Quimera, haberlo pensado, atestigua, en el reflejo de sus escamas, cuánto el presente ciclo, o último cuarto de siglo, experimenta tal relámpago absoluto — cuyo apuntalamiento de aguacero en mis cristales despeja el trastorno rutilante, hasta iluminar éste — que, más menos, todos los libros contienen la fusión de algu‐nas contadas repeticiones: incluso entonces sería sólo uno — en el mundo, su ley —, biblia como la simulan las naciones. La diferencia, de una obra a otra, ofreciendo tantas lecciones propuestas en un inmenso concurrir en pos del texto verídico, entre las edades llamadas civilizadas o — letradas.

Por cierto, nunca me siento en las graderías de los conciertos sin catear entre la oscura sublimidad tal bosquejo de alguno de los poemas inmanentes a la humanidad o a su original estado, tanto más comprensible cuanto callado y que para de‐terminar su vasta línea el compositor experimentó esa facilidad de suspender hasta la tentación de explicarse. Yo me figuro por un, sin duda, indesarraigable prejuicio de escritor, que nada queda sin ser proferido; que estamos en ello, precisamente, indagando, ante un quiebre de los grandes ritmos literarios (del que se ha hecho alusión más arriba) y su desperdigamiento en articulados estremecimientos cercanos a la instrumentación, un arte de finalizar la trasposición, al Libro, de la sinfonía o lisa y llanamente de retomar lo nuestro: pues no es de las sonoridades elementales de los cobres, cuerdas, maderos, innegablemente, sino de la intelectual palabra en su apogeo que ha, con plenitud y evidencia, de provenir, en tanto conjunto de las relaciones existentes en el todo, la Música.

Un deseo innegable en mi tiempo es separar, como en vistas a atribuciones diferentes, la doble estancia de la palabra, brutal o inmediata aquí, por ahí esencial.

Narrar, enseñar, describir incluso, ocurre y aún que a cada uno le bastaría tal vez para intercambiar pensamiento humano, tomar o poner en la mano de otro, en silencio, una moneda, el empleo elemental del discurso desengasta el universal reportaje que, exeptuada la literatura, comparte todo entre los géneros de los escri‐tos contemporáneos.

¿A qué tanto, a fin de cuentas, la maravilla de trasponer un hecho de natura en su, casi, desaparición vibratoria, según el juego de la palabra, con todo, si no para que de ello emane, sin la molestia de un próximo o concreto llamamiento, la noción pura?

Yo digo: ¡una flor!, y, fuera del olvido en que mi voz relega algún contorno, en tanto que otra cosa que los cálices consabidos, musicalmente se eleva, idea incluso y suave, lo ausente de todo bouquet.

Al contrario de una función de numerario fácil y representativo, como lo trata de entrada la multitud, el decir, antes que nada sueño y canto, reencuentra en el Poeta, por necesidad constitutiva de un arte consagrado a las ficciones, su virtualidad.

El verso que, de más de un vocablo, recompone un término total, nuevo, ajeno a la lengua y como encantatorio, acaba con este aislamiento de la palabra: negando, por un rasgo soberano, el azar demorado en cada término, pese al artificio de su retemple alternado en el sentido y la sonoridad, y les (os) causa esta sorpresa de no haber oído jamás tal pasaje ordinario de elocución, al mismo tiempo que la reminiscencia del objeto nombrado chapotea en una atmósfera nueva.


Traducción de Andrés Ajens
Fuente bilingüe Escuela de Filosofía Universidad ARCIS
Foto 22 abril 1893 © adoc-photos/Corbis


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